lunes, 20 de agosto de 2012

Guerra y Paz, Goya y el anuncio de Fairy.


Lo ves como te mira de reojillo, está allí, junto a demás literatos rusos, todos pesos pesados y repesados de la literatura universal, de pié, sin bromas, seguro de sí mismo. Y tú te ves con fuerzas, con hambre, y te lanzas, esto va a ser un buen combate. En la esquina derecha Guerra y Paz, de Leon Tolstoi, cien por cien puro realismo ruso, curtido en más de mil páginas. En la esquina izquierda, un vulgar lector que no sabe bien en que berenjenales se ha metido. El resultado es claro, victoria por KO en el primer asalto, en el segundo, en el tercero y en todos. Brutal, una carnicería en el ring del que es imposible recuperarse.

Al principio, un prólogo al que le dí muchas vueltas, firmado por el propio autor y en el que básicamente se califica a si mismo con un "facha", las virtudes del antiguo régimen son mis virtudes, nos dice un Tolstoi insultante, que califica al pueblo llano como bestias de cargas, en nada comparado con la belleza de un buen carruaje, toda una declaración de principios que sesgó sobremanera mi acercamiento a esta obra. Dios mío en que me estoy metiendo, un derechazo a la mandíbula que impacta en su objetivo y por el que empiezas a ver estrellitas.

De lo que sigue, todo lo que se ha dicho es poco, una obra total, absoluta, inabarcable propia de una mente superior fuera de este mundo. Si no la han leído les envidio, quisiera poder leer por primera vez Guerra y Paz sin saber lo que ya sé de ella, pero desgraciadamente, uno no puede leer dos veces por primera vez un libro. Mierda.

Pero yo me centro en el prólogo, ya que los personajes principales de la obra se comportan contrariamente a lo que tu supones deberían hacer, habiendolo leído. No se me vayan que es aquí cuando empiezo a decir disparates.


Napoleón es la sombra, es el enemigo, es el gigante del cuadro de Goya (o no) pero como él, provoca la huida, el caos, el cambio, como una gotita de fairy en una paellera aceitosa, expandiéndose y arrancando la grasa más incrustada, esa que lleva en los pilares de la socieda rusa desde abolengo, esa grasa que es necesario quitar para el beneficio de la sociedad, para su evolución y Napoleón, sin quererlo, es el catalizador de ese cambio, que él provoca acompañado por las ideas ilustradas emanadas de la revolución francesa. De este shock nada ni nadie queda a salvo, y se puede claramente observar como los personajes principales cambian a lo largo de los capítulos del libro, crecen, y lo hacen desde esa sociedad anquilosada hacía una nueva visión acorde a las nuevas ideas, se modernizan, incluso se vuelven contra esos principios aristocráticos de los que su creador es defensor. Y es aquí donde el prólogo del viejo facha cobra sentido, en realidad no es una declaración desde la prepotencia, es una disculpa desde la derrota, la derrota del Antiguo Régimen.

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